Páginas

Bienvenidos


Gracias por leer mis relatos cortos. Magia, aventuras, fantasía... ingredientes que forman parte de estos relatos que han surgido de mi imaginación. Aventuras épicas en un mundo fantástico habitado por diferentes razas y numerosas criaturas. Todos estos relatos están relacionados, más o menos, con un libro que estoy escribiendo.

martes, 19 de julio de 2011

UN ESPÍRITU DE METAL

PARTE NUEVE


            -¿Es un ser divino, madre? - Preguntó, asombrado, el hijo mayor aun fuertemente aferrado a sus padres.
             Estos no sabían que contestar, nunca habían visto nada parecido. Estaban tan sorprendidos como él después de aquella muestra de lo que parecía una magia muy poderosa. Cuando volvieron la atención al ser venido de los cielos, el aura brillante que lo rodeaba había desaparecido y se podía distinguir claramente que era una mujer con un vestido largo y sencillo de color carmín que cubría su joven cuerpo hasta los pies descalzos. Este revoloteaba suavemente gracias a una brisa muy ligera que parecía no influir en nada más a su alrededor. Su larga cabellera, de un pelirrojo brillante y liso, tampoco era afectada por este viento y reposaba tumbada por la espalda hasta llegar a un cordón dorado atado al vestido, a la altura de la cintura. Era una visión delicada y sensual a la vez de un ser de belleza indescriptible.
            Se puso al lado de Dlareg y lo miró con ternura, como la madre que mira a su hijo amado. Sin apartar la mirada se arrodilló a su lado a la vez que cambiaba de mano la vara blanca coronada con un rombo y un cubo brillado levitando en el centro, dejando el brazo derecho un poco alzado, flexionado. De pronto volvió la cabeza donde estaba la familia del mercader y los miró fijamente. Sus rostros reflejaban los momentos tensos que habían pasado y la preocupación que invadía sus corazones por el bienestar de Dlareg, tendido en el suelo sin moverse y prácticamente sin respirar. Una sonrisa que transmitía tranquilidad y esperanza se dibujó en la cara de la desconocida.
            -Dejad que la magia haga lo que tiene que hacer.- Movió los labios, pero su voz, la misma de antes pero ahora más femenina, no la oían por las orejas sino penetrando en sus cabezas, en sus pensamientos angustiosos, de manera muy dulce.
            Dirigió su mirada al cuerpo del guerrero, con una expresión seria de concentración. El brazo derecho lo tenía unido al cuerpo, con el codo pegado a la cintura y la palma de la mano abierta y girada hacia arriba. La chica empezó a recitar, sólo para oírlo sus orejas, lo que parecía un conjuro: “Syredop oykanuk uenas tyseka sok”. Mientras murmuraba aquellas palabras, una neblina verdosa nacía de la piel de su mano y la envolvía. Cuando fue lo suficientemente espesa giró la palma de la mano hacia abajo y la aproximó al cuerpo del guerrero dejándola lo suficiente cerca, sin tocarlo, como para que la neblina pasara al cuerpo de Dlareg, moviéndola de un lado a otro para esparcirla bien. Esta rodeó el cuerpo del guerrero y, pasados ​​unos breves instantes, empezó a infiltrarse por la ropa y la piel para pasar a estar dentro de su cuerpo.
            El pecho del guerrero evidenciaba una respiración más acompasada. En uno de los hombros comenzó a supurar un líquido transparente de una pequeña herida que le había provocado la serobynak en una de sus acometidas. Aprovechando esta herida la planta le había inyectado su veneno. Cuando terminó de salir todo la toxina que corría por sus venas abrió los ojos y, al ver aquella mujer a su lado mirándolo fijamente, no cambiaron las facciones de su cara seria, a pesar de que parecía querer dibujar una sonrisa. Enseguida se quiso incorporar, pero un dolor agudo en el abdomen no lo permitió, haciendo una mueca muy expresiva.
            -No tengas tanta prisa, amigo.- Le aconsejó la mujer mientras ponía la mano derecha sobre su pecho para no dejar que se acabara de levantar. ¬-Has estado muy cerca de entrar en el reino de las tinieblas esta vez. He expulsado el veneno de tu cuerpo, pero tienes que recuperar las fuerzas.
            -Estaba todo… controlado...- Contestó con voz cansada y no tan autoritaria. -Formaba parte del plan, hechicera.
            -Dlareg, no cambiarás nunca.
            Una sonrisa amigable se esbozó en el rostro de la misteriosa chica, mientras que la cara de Dlareg reflejaba los dolores que tenía en su interior. Con la mano derecha empezó a palpar los frascos que llevaba en los cinturones cruzados y, con problemas, intentaba mirar qué botella tocaba. Finalmente sacó una.
                -¿Esta es la de color rojo? - Preguntó al tiempo que levantaba ligeramente el frasco para que se viera mejor.
            -Lo sabes muy bien.
            Se la acercó a la boca, le quitó el tapón de corcho con los dientes, lo escupió y se tragó el contenido de la botella hasta la última gota. Dejó el frasco vacío en el suelo y cerró los ojos con fuerza, al tiempo que echaba la cabeza hacia atrás estirando sus cabellos blancos que casi tocaban el suelo y las venas del cuello se hincharon y se volvían de un color más oscuro. Rápidamente, sin embargo, se normalizaron y volvió a abrir los ojos. Entonces volvió la cabeza para mirar a la chica.
            -No hay nada como un buen tónico para recuperar las fuerzas.- Le dijo, guiñándole un ojo.
            -Suerte tienes de tus pociones.- Respondió la mujer poniéndole la mano derecha a su hombro. -A veces eres demasiado atrevido con los enemigos que desconoces.
            Se puso de pie, tambaleándose un poco, mientras se sacudía el polvo de la ropa como si no hubiera pasado nada. Recogió el frasco vacío y lo volvió a poner en su lugar en el cinturón. Después, como si fuera un ritual, recogió la espada del suelo, la observó detenidamente y la volvió a envainar.
            La mujer puso su mano derecha bajo el brazo y le ayudó a entrar en el hogar donde les esperaban todos los miembros de la casa, satisfechos por el buen desenlace de los hechos. Todos felicitaron a sus protectores con un sentimiento agradable de placer en sus ojos al haber conseguido salvar al hijo y al resto de la familia del mercader.
            -Ella es Anagram, una... conocida des de hace... dejémoslo en muchas lunas.- Explicó Dlareg, un poco dubitativo e inseguro por la falta en dotes explicativas.
            -Para nosotros es un honor tenerla en nuestra casa. Mi nombre es Oksyk y esta es mi familia.- Dijo el mercader señalando a su mujer y sus hijos.
            -El honor es mío de que me acepten en su hogar, gracias.- La respuesta de Anagram fue acompañada de una sonrisa sincera.
                Todo el mundo estaba bastante agotado como para dejar los detalles de las presentaciones para la nueva salida del sol, así que decidieron ir a dormir. Anagram se quedó despierta para vigilar que no hubiera nuevas sorpresas, lo que Dlareg ya sospechaba que no pasaría por que creía que, al probarlo una vez y haber fracasado, estudiarían mejor a sus nuevos adversarios antes de volver en emprender alguna acción.
            Y así fue como pasó lo que quedaba de noche. De una manera tranquila y sin sorpresas, hasta que los primeros rayos del sol amanecían por el horizonte y el gallo cantó, dando la bienvenida a un nuevo día, como todos los gallos de la gran mayoría de las casas de los pueblos de la Tierra.