Páginas

Bienvenidos


Gracias por leer mis relatos cortos. Magia, aventuras, fantasía... ingredientes que forman parte de estos relatos que han surgido de mi imaginación. Aventuras épicas en un mundo fantástico habitado por diferentes razas y numerosas criaturas. Todos estos relatos están relacionados, más o menos, con un libro que estoy escribiendo.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Pol y Marta

Capítulo 1
         Había una vez un niño y una niña que jugaban con una pelota. Un señor que pasaba por allí, era un señor como otro, pero por dentro era un mago interesante. Los dos niños jugaban mucho y mucho. Ay, ay, ay que el mago se acerca. ¿Sabéis cómo se llama? Se llama Silbabum, ¡¡¡ja, ja, ja!!! Era muy y muy bueno pero hace muchas bromas.

Capítulo 2
        El mago, con sus poderes, hizo que la pelota se convirtiera en un caracol. Pero sabéis que a los niños no les gustaban los caracoles. ¡¡¡Ecs!!! Siempre dicen que son muy lentos y viscosos.

Capítulo 3
        Su amigo mago era su padre y los niños dicen: “¡¡¡qué broma!!!”

Capítulo 4
        Los niños dicen: “qué broma más broma, ¿cómo lo has hecho este truco?”. Y su padre contestó: “estos días ha llovido mucho y mucho y tengo tantos caracoles que los tengo al sombrero.”
¡¡¡El truco es un truco trucado como todos!!!!

sábado, 1 de octubre de 2011

Justicia Oscura

     Unas cuevas tenebrosas, en las raíces de las montañas de Kymylô, ocultaban el camino que llevaba a las ruinas de un castillo sombrío. Era gobernado por un terrible ser de los infiernos, de nombre Seprêx, y su ejército de Subûcs. Su poder se creía reducido a la nada tras ser derrotado, pero los habitantes de las aldeas cercanas profesaban que todavía seguía vivo, ya que, de vez en cuando y por la noche, desaparecían algunos infantes que esclavizaban para rehacer el castillo de su dueño. Cuando llegó a oídos de Arkêl, una guerrera marcada por la oscuridad, se dirigió al pueblo más cercano que hacía poco que los Subûcs habían saqueado. Un espasmo de ira cruzó velozmente la cara de la guerrera y se encaminó a las cuevas. La tarde se acercaba a la noche cuando se adentró en las cavernas. En un punto de encuentro de diferentes pasajes, Arkêl se quedó inmóvil, como si intentara escuchar ruidos que parecían no oírse y finalmente se decidió por uno. Éste la llevó a una enorme cámara interior cruzada por un río de fuego. Para atravesarlo había un puente que llevaba a las ruinas del castillo. De repente aparecieron unas decenas de Subûcs, surgiendo de todos los rincones, que corrían hacia ella a cuatro patas, como lobos rabiosos. Su expresión cambió al tiempo que desenvainó sus dos espadas. Gran técnica y poderío desprendían sus movimientos, dejando a su paso cuerpos sin vida. Finalmente salió Seprêx, con una gran espada dentada en una mano y una maza con dos bolas pesadas claveteadas. Era enorme, de unas tres yaktas de altura, corpulento, con un gran casco que cubría su cabeza y trozos de armaduras esparcidas por su cuerpo. Arkêl no se dejó impresionar y corrió hacia él con las espadas listas para atacar. El monstruo lanzó un terrible ataque, dirigiendo las bolas claveteadas hacia ella que, con un gran salto, esquivó el golpe girando sobre sí misma, pasando a la espalda del monstruo y clavándole las espadas, mientras caía, a la altura del corazón. En un instante su ira cedió el paso a una mirada de alivio al ver los niños capturados que corrían libres hacia ella, a la vez que oía caer el cuerpo sin vida de Sêprex al suelo.

martes, 13 de septiembre de 2011

Traducción e interpretación de textos de la Tierra de Hogam

LAS PUERTAS DEL TERROR


Esta es una descripción de las puertas que dan acceso a la fortaleza de Thogrôm-Nabgân, madriguera de los seres oscuros que vagan por la Tierra de Sadrâp (Tierra de Hogâm antes de las Guerras Olvidadas). Temidas por todos, hablan que quién las ha llegado a ver no ha vuelto nunca para explicarlo, puesto que ha sido capturado, encarcelado y torturado o esclavizado por los monstruos que viven. Escrito a los Libros Sagrados está que fue construida más antiguamente que cualquiera de las ciudades, castillos y fortalezas de las otras razas. Hablan que está oculta, enterrada, protegida de los que la quieren destruir, en algún lugar de la Tierra que nadie sabe con certeza. Esta fortaleza y los seres de la oscuridad que la habitan están gobernados por Lornekôm, brazo derecho del dios Shagrû y ejecutor de su oscura voluntad en el mundo de los seres mortales. No se sabe del cierto de dónde ha surgido esta leyenda, pero sí se sabe que todos la tienen como cierta; puesto que hablan que de donde nunca nadie ha podido escapar, dos huyeron por los innumerables y laberínticos túneles subterráneos que hay y pudieron explicar la terrible visión de las enormes puertas negras, y la sala donde fueron juzgados, de la fortaleza subterránea de Thogrôm-Nabgân. Lo encontrareis en la sección “Poesías con Magia”.

sábado, 20 de agosto de 2011

Un Espíritu de Metal

PARTE ONCE


            Llegado al lugar que llamaba la atención del guerrero, este se agachó para observar, de más cerca, algo que, a su juicio, parecía interesar mucho. Anagram lo siguió y observó lo mismo que observaba Dlareg, pero no vio nada, solo piedras de diferentes formas y las malas hierbas que más adelante rodeaban un pequeño sendero. Dlareg pasó su mano por encima del suelo que tenía delante y ciertamente que buscaba algo que, dado su interés, parecía haber encontrado, y también era consciente de la mirada llena de incredulidad de su compañera.
            -¿Dime, hechicera, que puedes ver en este trozo de terreno, antes de que comience el sendero? - Preguntó con la arrogancia de saber la respuesta, lo que al guerrero gustaba y llenaba su orgullo.
            Ella le clavó una mirada seria, a la que siguió una respuesta: -No me gusta que me llamen hechicera, yo no pertenezco a esa clase de magos y tú eres conocedor de ello.- Sus palabras estaban llenas de enojo.
            Él se incorporó a su lado y, sin mediar palabra alguna, le regaló una sonrisa afable. Señaló con el dedo el suelo delante de él y dijo, esta vez con más suavidad:         -¿Que ven tus ojos?
            -Nada, fuera piedras de distintos tamaños.- Respondió intuyendo, y en eso las mujeres eran maestras, que era una trampa.
            -Los ojos ven lo que tú quieres que vean.- Dijo recordando las palabras de uno de los maestros que, en tiempos pasados, habían aconsejado a Dlareg y, profundizando en aquellas enseñanzas, continuó: -Tú ves tierra, porque es lo que hay, simplemente tierra. Pero en esta tierra yo veo huellas, hechas por alguien que tenía prisa y antes de que saliera el sol. Alguien de corta talla o edad, por la distancia entre ellas, que en este punto se aseguró que nadie le seguía y siguió por el sendero.
            Anagram continuó fijada, intentando ver los pasos que los ojos de Dlareg habían encontrado. En aquel instante se oyó la voz de Nedyra, esposa de Oksyk y madre de sus hijos, alzando la voz para llamar la atención de todos; salió corriendo al patio donde estaban la archimaga y el guerrero y luego apareció el mercader, dejando la preparación de un nuevo día de comercio al oír tal alboroto.
            -¡Rhamlyn no está!- La agitación era la propia de una madre que ha perdido algo muy querido. -No ha dormido en su cama y su hermano no tiene noticias desde la pasada noche. ¿Dónde está mi pequeño? -Su respiración se volvió más dificultosa. -¿Alguien me puede decir dónde está? - En ese momento de angustia, Oksyk abrazó a su mujer e intentó que recuperara la tranquilidad perdida a salvo de sus brazos, al tiempo que se miró a Anagram y Dlareg buscando ayuda.
            -Dónde está, no lo sé.- Respondió el guerrero con serenidad, a pesar de ser consciente del malestar de unos padres que no saben dónde se encuentra su hijo. -Pero responde-me, si te es grato, ¿dónde lleva este sendero?
            -Este sendero lleva a una “playita”, o así la llamamos nosotros.- Contestó el mercader, sin saber con claridad que buscaba el guerrero al hacer esa pregunta. -Es donde tengo anclada mi barca, para ir al puerto de Kynosan, y adquirir las especies con las que hago el comercio. Está en una hondonada, justo delante de un margen de roca, todo él cubierto de plantas trepadoras. Allí lleva y allí termina.
            -Pues un consejo te doy: quedaos en casa y no salgáis.- Dijo Dlareg con autoridad y sabiduría en sus palabras. -Oksyk, deja el comercio para otro día y vela tu mujer y tu hijo, porque un hombre que pierde la familia a la que ama siente el dolor de quien le arrancan el corazón en vida, y vela la casa también, por que sin un techo para cobijarse y unas paredes para protegerse es como un bosque sin árboles que protegen el suelo de las inclemencias del tiempo.
            -Nosotros buscaremos al pequeño Rhamlyn y podéis estar seguros de que lo encontraremos.- Añadió Anagram, apoyando al guerrero. -Haz caso de lo que le dice, ya que sus consejos llenos son de cautela, pero llenos de certeza lo son también.
            Y tan ciertas que eran. Dlareg las conocía muy bien aquellas palabras y las había vivido en su propia carne. Sus recuerdos debían volver a su pueblo ese día, un día oscurecido por el dolor y la angustia, el día que los jefes de las trece familias Astags, las más antiguas en el tiempo de existencia y las más sabias, que gobernaban e impartían las leyes de su raza, determinaron desterrarlo a él y restringir su nombre, prohibiendo su pronuncia dentro del reino. Separado de toda la gente que conocía y amaba, se vio obligado a dejar la vida transcurrida atrás, a llevarse el dolor del rechazo por parte de los de su sangre y el desprecio de no ser recordado, ni nombrado. Sin familia a quien amar, carente de tierra por la que luchar, falto de un hogar donde cobijarse...
            Oksyk asintió con la cabeza. El coraje de los dos guerreros, a pesar de ser dos misteriosos de dos razas con las que no había tenido ningún contacto antes, lo animaba, y trató de contagiar ese confort a su mujer que aún estaba entre sus brazos y acompañó al interior del hogar para esperar las noticias que les llegaran.
            -No comprendo cómo puede haber pasado alguien por este lugar y no darme cuenta de tal cosa.- Se preguntó Anagram, contrariada, sin saber que responderse a sí misma. -Yo estaba aquí, haciendo la guardia, concentrada en la protección de todos...
            -Y en contacto místico con las Dadrays.- Respondió rápidamente Dlareg, al darse cuenta de la preocupación de su amiga. -Tus poderes mágicos se debilitan cuando tu espectro sale del cuerpo. También debemos pensar que algún conjuro de ocultación puede haber ayudado a quien ha huido por este sendero. Sigámoslo, porque tengo la certeza de que encontraremos respuestas.
            Y así fue que los dos guerreros, al ver la familia bajo la protección del hogar, se pusieron en camino: uno, Dlareg, siguiendo el sendero a pie y observando minuciosamente todo lo que le rodeaba y el otro, Anagram, despegando y levitando por encima de la arboleda que lo rodea. Al ser desierto el patio, un gorrión se puso en la ventana de la cocina, piando poco y picoteando, de vez en cuando, el cristal como si quisiera llamar la atención de los que estaban dentro, más pendientes ellos de consolarse que de oír ruidos.
            Llegaron a un punto donde había un desnivel: el camino descendía, continuando por la hondonada, rodeado de matorrales más o menos altos y los árboles seguían por encima del margen. No demasiado lejos de donde estaban podían mirar lo que parecía una no muy grande extensión de arena y pequeños guijarros en la orilla del mar, con una barca de pequeñas dimensiones (podían navegar dos, máximo tres personas con lugar para llevar mercancías) que reposaba, en parte, sobre la arena. Ellos dieron por supuesto que era la “playita” de la que Oksyk había hablado, y ciertamente el sendero llevaba allí, bordeando aquel margen de piedra cubierto de plantas trepadoras, y allí terminaba, como se les había dicho.

martes, 16 de agosto de 2011

Traducción e interpretación de textos de la Tierra de Hogam

LEYENDA DEL NACIMIENTO DE LA CIUDAD DE NYKETEL


He traducido este poema épico, donde se nos narra la llegada de los primeros pobladores de la raza Humana a unas tierras donde, pasados ​​unos eclipses después de la venida, se fundó la gran ciudad de Nyketel, admirada y envidiada por la propia raza Humana y el resto de las razas. Nyketel se convirtió en la ciudad fortaleza estandarte de los humanos, símbolo del esplendor, al tiempo altivez, de esta raza creída que su destino era reinar sobre la Tierra de Hogam (llamada así hasta después de las Guerras Olvidadas, que pasó a llamarse Tierra de Sadrap). Esta leyenda fue musicada por los juglares y trovadores de aquellas tierras y esparcida por todas las aldeas de la Tierra. Incluso los Litusianos, maestros en la construcción picando la piedra madre de las montañas, eran sabedores de esta ya que la escucharon cuando fueron a edificar el castillo, utilizando una colina que se encontraba en el centro de aquellas tierras. Bajando hacia el sur, desde las Montañas de Northôgran (Montañas de la Perdición después de las Guerras Olvidadas), a lo largo del río que la ciudad adquirió su nombre (llamado Nyketel por los Astags, que significa “río de la luz”) encontramos estas tierras, primero abandonadas y luego colonizadas. Lo encontrareis en la sección “Poesías con Magia”.

miércoles, 3 de agosto de 2011

UN ESPÍRITU DE METAL

PARTE DIEZ


            La falta de nubes en el cielo hacía intuir que aquel sería un día claro y probablemente caluroso, como pocos días lo son en esa región de la Bahía de Teukam muy castigada por las corrientes de aire frío que provienen del norte. Dlareg dejaba que la brisa de la mañana, aun fresca y húmeda, acariciara su rostro ante la ventana de la cocina. Con los ojos cerrados había de recordar aquellos tiempos, teniendo pocas lunas, que le gustaba observar cómo el sol se alzaba por el horizonte e iba iluminando lentamente la Rada de Neryol. Los rayos de luz se iban alzando por los árboles hasta llegar a las copas y entrar por la ventana de su casa haciendo un bonito juego de colores y sombras con las hojas. Era en ese instante cuando sentía que se abría la puerta de su habitación y entraba su madre para disfrutar juntos El Despertar. Era en ese instante cuando una lágrima se deslizaba por la mejilla curtida por el paso de los eclipses. Era en ese instante cuando añoraba...
            Dlareg abrió los ojos, acompañado de un gesto rápido de la mano para hacer desaparecer esa lágrima acusadora. A sus oídos llegaban los ruidos del piso de arriba. La familia se despertaba. Oksyk entró en la cocina sorprendiendo al guerrero con la mirada perdida más allá del bosque y con una jarra en la mano, la cual desprendía un perfume agradable de hierbas calentadas, a pesar de no haber ningún fuego encendido.
             -Salud para este nuevo día.- Dijo el mercader poniéndose a su lado y verificando que parecía recuperado del todo.
            Un pequeño gesto con el brazo que tenía la jarra fue la respuesta que recibió. Oksyk se concentró en el patio, donde poco tiempo antes no estaba tan calmado. Quedaban los restos del combate y también, sentada en el suelo con las piernas cruzadas, Anagram con su vara flotando en el aire.
            -Curiosa manera de vigilar la de tu amiga.- Comentó, con un cierto desprecio en sus palabras y dirigiendo la mirada a Dlareg, esperando alguna reacción que no tuvo. -Descansando con los ojos cerrados, no sé si nos puede servir de gran ayuda.
                Sin ganas de responder con palabras lo que acababa de decir el mercader, el guerrero flexionó la pierna derecha, levantando el pie del suelo, para poder coger una de las dagas que llevaba atadas a las botas. Con un gesto rápido cargado de precisión la lanzó contra la hechicera, que no había movido ni un pelo en todo ese tiempo. Se oyó un silbido, casi imperceptible, de la daga cortando el aire en su camino a la cabeza de Anagram. Una expresión de incredulidad se apoderó de Oksyk al ver que la hechicera detenía el arma con un sencillo gesto de su mano derecha, puesta ante la trayectoria fatal. Sin tocarla la daga estaba inmóvil, flotando en el aire, apuntando con su hoja afilada la mano abierta que impedía que llegara al destino que su lanzador había decidido. Al cerrar la mano, la daga giró rápidamente para volver al lugar de origen, siendo cogida al vuelo por la mano experta de Dlareg y devuelta al tobillo de donde había salido.
            -Salud para este nuevo día.- Dijo la mujer de Oksyk cuando entraba en la cocina, con una gran sonrisa, dispuesta a comenzar las tareas típicas de todas las mujeres de aquellas tierras.
            Los dos se volvieron, sin embargo, mientras Dlareg se encaminaba a la puerta que comunicaba con el patio, el mercader se quedó inmóvil mirando fijamente a su mujer.
            -No preguntes nada, mujer, es muy... difícil... extraño... no importa.- Dijo mientras salía de la cocina, intuyendo que su mujer preguntaría por aquella expresión de asombro en la cara.
                Dlareg caminaba pausadamente hacia Anagram, hija de padre Druida y de madre experta en conjuros, que continuaba en la misma posición sin inmutarse. Sus ojos observaban el entorno para intentar descubrir algo que le ayudara a saber quién había tras el ataque de la noche pasada. Muchas dudas invadían la mente confundida del guerrero y éste no sacaba nada en claro. Se detuvo junto a la hechicera, sentada quieta en medio del patio.
            -¿Que te han explicado las Dadrays? - Preguntó sin dejar de observar a su alrededor. -¿Se han dignado a darte alguna explicación?
            -A pesar de ser muy reservadas, tengo muy buenas conversaciones con ellas.- Contestó Anagram sin cambiar su posición. -No te puedo ocultar nada, ¿verdad Dlareg?
             -A veces la gente olvida con demasiada facilidad que soy de raza Astag y que tengo los sentidos más desarrollados que el resto.- El tono de la respuesta tenía en cierto regusto de ofensa y arrogancia a la vez. -Además los de mi raza tenemos un vínculo muy fuerte con la naturaleza y he notado su contacto contigo.
            La hechicera, mal llamada así entre los mortales por resultar más fácil de recordar, se puso de pie, mientras su vara seguía levitando sola. Sus ojos, de color celeste el derecho y esmeralda el izquierdo, se adentraron en los de Dlareg como si buscaran la respuesta a un enigma. Al guerrero le ponía un poco intranquilo esa mirada.
             -He hablado con la reina de las Dadrays de estas arboledas y sus explicaciones son, cuando menos, curiosas.- Se volvió para observar los restos de la serobynak. -Estas plantas viven en esta arboleda cercana, muy húmeda e ideal para ellas, pero no comprenden como lo pueden haber abandonado y osar adentrarse en el pueblo de los Humanos.
            Dlareg hizo una respiración muy profunda, demasiado profunda. No daban mucha luz a sus dudas, rodeados de oscuros interrogantes, aquellas explicaciones. Entonces se dirigió a Anagram, esperando que la conversación con las hadas del bosque hubiera aportado algo más. En estas circunstancias Dlareg no soportaba la espera, quería saber todo lo que hay que saber, en el momento que hay que saber y no que sea el otro el que sepa mientras él está inmerso en el más absoluto de los desconocimientos. El control lo es todo para él, incluso de la información.
            -¿Y eso es todo lo que pueden decir? Siempre he pensado que las Dadrays sólo saben utilizar su cuerpo para encantar pobres desgraciados que se pierden en sus bosques y hacerlos desaparecer.- Sus palabras estaban llenas de cierta burla.
                -Tu desconfianza hacia las otras razas y seres me complace, teniendo en cuenta nuestra “amistad”.- Una sonrisa burlesca se escapó en el rostro de la hechicera. -Ellas sólo lo pueden entender si hay magia, magia oscura.
            Dlareg hizo una mueca de aversión. Magia oscura. Y tras esta magia había un brujo o peor, un arcano, que la conjura. No le gustaba nada la magia. Las pociones sí, pero los conjuros no. Menos aún en los combates, donde él disfrutaba de la lucha cuerpo a cuerpo. En el caso de Anagram era diferente, aunque él tampoco lo sabría explicar con mucha precisión. Su relación venía de muchos eclipses pasados ​​y sentía un cierto respeto hacia ella, aunque nunca la haría sabedora de esto ya que sería perder el estatus de guerrero frío, letal y solitario que flotaba sobre su nombre: Dlareg, el Astag que surge i se desvanece como un espíritu, el guerrero que no le enturbia ningún sentimiento ni emoción, como si su corazón fuera de metal.
            -Sí, amigo mío, tengo el mal presagio que nos enfrentamos a fuerzas muy poderosas. No sé en qué líos se ha metido este mercader, pero una cosa es segura: si hay magia oscura por medio, tendremos problemas.- Afirmó Anagram con cierto rechazo. No gozaban de mucho aprecio los que seguían los caminos de la magia oscura, enemigos de los que defendían la vida y todo en relación a ella.
            -Si hay un brujo, lo más seguro es que también haya algún ser sin poderes mágicos. Podría ser el que le ha hecho venir para utilizar su magia o el que le ayuda a cambio de algo de provecho.- concluyó el guerrero mientras se dirigía al otro lado de la valla, con la vista puesta en el suelo.

martes, 19 de julio de 2011

UN ESPÍRITU DE METAL

PARTE NUEVE


            -¿Es un ser divino, madre? - Preguntó, asombrado, el hijo mayor aun fuertemente aferrado a sus padres.
             Estos no sabían que contestar, nunca habían visto nada parecido. Estaban tan sorprendidos como él después de aquella muestra de lo que parecía una magia muy poderosa. Cuando volvieron la atención al ser venido de los cielos, el aura brillante que lo rodeaba había desaparecido y se podía distinguir claramente que era una mujer con un vestido largo y sencillo de color carmín que cubría su joven cuerpo hasta los pies descalzos. Este revoloteaba suavemente gracias a una brisa muy ligera que parecía no influir en nada más a su alrededor. Su larga cabellera, de un pelirrojo brillante y liso, tampoco era afectada por este viento y reposaba tumbada por la espalda hasta llegar a un cordón dorado atado al vestido, a la altura de la cintura. Era una visión delicada y sensual a la vez de un ser de belleza indescriptible.
            Se puso al lado de Dlareg y lo miró con ternura, como la madre que mira a su hijo amado. Sin apartar la mirada se arrodilló a su lado a la vez que cambiaba de mano la vara blanca coronada con un rombo y un cubo brillado levitando en el centro, dejando el brazo derecho un poco alzado, flexionado. De pronto volvió la cabeza donde estaba la familia del mercader y los miró fijamente. Sus rostros reflejaban los momentos tensos que habían pasado y la preocupación que invadía sus corazones por el bienestar de Dlareg, tendido en el suelo sin moverse y prácticamente sin respirar. Una sonrisa que transmitía tranquilidad y esperanza se dibujó en la cara de la desconocida.
            -Dejad que la magia haga lo que tiene que hacer.- Movió los labios, pero su voz, la misma de antes pero ahora más femenina, no la oían por las orejas sino penetrando en sus cabezas, en sus pensamientos angustiosos, de manera muy dulce.
            Dirigió su mirada al cuerpo del guerrero, con una expresión seria de concentración. El brazo derecho lo tenía unido al cuerpo, con el codo pegado a la cintura y la palma de la mano abierta y girada hacia arriba. La chica empezó a recitar, sólo para oírlo sus orejas, lo que parecía un conjuro: “Syredop oykanuk uenas tyseka sok”. Mientras murmuraba aquellas palabras, una neblina verdosa nacía de la piel de su mano y la envolvía. Cuando fue lo suficientemente espesa giró la palma de la mano hacia abajo y la aproximó al cuerpo del guerrero dejándola lo suficiente cerca, sin tocarlo, como para que la neblina pasara al cuerpo de Dlareg, moviéndola de un lado a otro para esparcirla bien. Esta rodeó el cuerpo del guerrero y, pasados ​​unos breves instantes, empezó a infiltrarse por la ropa y la piel para pasar a estar dentro de su cuerpo.
            El pecho del guerrero evidenciaba una respiración más acompasada. En uno de los hombros comenzó a supurar un líquido transparente de una pequeña herida que le había provocado la serobynak en una de sus acometidas. Aprovechando esta herida la planta le había inyectado su veneno. Cuando terminó de salir todo la toxina que corría por sus venas abrió los ojos y, al ver aquella mujer a su lado mirándolo fijamente, no cambiaron las facciones de su cara seria, a pesar de que parecía querer dibujar una sonrisa. Enseguida se quiso incorporar, pero un dolor agudo en el abdomen no lo permitió, haciendo una mueca muy expresiva.
            -No tengas tanta prisa, amigo.- Le aconsejó la mujer mientras ponía la mano derecha sobre su pecho para no dejar que se acabara de levantar. ¬-Has estado muy cerca de entrar en el reino de las tinieblas esta vez. He expulsado el veneno de tu cuerpo, pero tienes que recuperar las fuerzas.
            -Estaba todo… controlado...- Contestó con voz cansada y no tan autoritaria. -Formaba parte del plan, hechicera.
            -Dlareg, no cambiarás nunca.
            Una sonrisa amigable se esbozó en el rostro de la misteriosa chica, mientras que la cara de Dlareg reflejaba los dolores que tenía en su interior. Con la mano derecha empezó a palpar los frascos que llevaba en los cinturones cruzados y, con problemas, intentaba mirar qué botella tocaba. Finalmente sacó una.
                -¿Esta es la de color rojo? - Preguntó al tiempo que levantaba ligeramente el frasco para que se viera mejor.
            -Lo sabes muy bien.
            Se la acercó a la boca, le quitó el tapón de corcho con los dientes, lo escupió y se tragó el contenido de la botella hasta la última gota. Dejó el frasco vacío en el suelo y cerró los ojos con fuerza, al tiempo que echaba la cabeza hacia atrás estirando sus cabellos blancos que casi tocaban el suelo y las venas del cuello se hincharon y se volvían de un color más oscuro. Rápidamente, sin embargo, se normalizaron y volvió a abrir los ojos. Entonces volvió la cabeza para mirar a la chica.
            -No hay nada como un buen tónico para recuperar las fuerzas.- Le dijo, guiñándole un ojo.
            -Suerte tienes de tus pociones.- Respondió la mujer poniéndole la mano derecha a su hombro. -A veces eres demasiado atrevido con los enemigos que desconoces.
            Se puso de pie, tambaleándose un poco, mientras se sacudía el polvo de la ropa como si no hubiera pasado nada. Recogió el frasco vacío y lo volvió a poner en su lugar en el cinturón. Después, como si fuera un ritual, recogió la espada del suelo, la observó detenidamente y la volvió a envainar.
            La mujer puso su mano derecha bajo el brazo y le ayudó a entrar en el hogar donde les esperaban todos los miembros de la casa, satisfechos por el buen desenlace de los hechos. Todos felicitaron a sus protectores con un sentimiento agradable de placer en sus ojos al haber conseguido salvar al hijo y al resto de la familia del mercader.
            -Ella es Anagram, una... conocida des de hace... dejémoslo en muchas lunas.- Explicó Dlareg, un poco dubitativo e inseguro por la falta en dotes explicativas.
            -Para nosotros es un honor tenerla en nuestra casa. Mi nombre es Oksyk y esta es mi familia.- Dijo el mercader señalando a su mujer y sus hijos.
            -El honor es mío de que me acepten en su hogar, gracias.- La respuesta de Anagram fue acompañada de una sonrisa sincera.
                Todo el mundo estaba bastante agotado como para dejar los detalles de las presentaciones para la nueva salida del sol, así que decidieron ir a dormir. Anagram se quedó despierta para vigilar que no hubiera nuevas sorpresas, lo que Dlareg ya sospechaba que no pasaría por que creía que, al probarlo una vez y haber fracasado, estudiarían mejor a sus nuevos adversarios antes de volver en emprender alguna acción.
            Y así fue como pasó lo que quedaba de noche. De una manera tranquila y sin sorpresas, hasta que los primeros rayos del sol amanecían por el horizonte y el gallo cantó, dando la bienvenida a un nuevo día, como todos los gallos de la gran mayoría de las casas de los pueblos de la Tierra.

viernes, 17 de junio de 2011

UN ESPÍRITU DE METAL

PARTE OCHO


            Medía unas tres yaktas de altura y tenía cuatro ramas que utilizaba de tentáculos. Arriba de todo era como una flor ovalada, grande y aplanada, que cuando se abría dejaba ver un conjunto de dientes afilados, muy afilados. No paraba de moverse, serpenteando los tentáculos, como si estudiara la situación. Al ver aquel monstruo, Dlareg ordenó al niño ya su padre que se refugiaran en la casa. Se esperó un tiempo prudencial para que se pusieran a salvo y luego se encaró a su adversario, que se defendió con los tentáculos como si fueran espadas. El guerrero era muy rápido y hábil en sus movimientos, rechazando los ataques del monstruo.
             Dlareg empezó a notar un hormigueo que invadía sus piernas, lo que no le dejaba moverse con la misma agilidad que al principio. La planta continuaba acometiendo con fuerza, utilizando las raíces fuera del suelo para desplazarse. Dlareg se encontraba cada vez más cansado, los párpados le pesaban y la espada también (unas sensaciones desconocidas por el guerrero). En un fuerte ataque, la serobynak consigue hacer retroceder al guerrero y que este doble una rodilla clavándola en el suelo, abatido, sin poder entender lo que le pasa. La familia del mercader, desde la casa, observaba como su salvador está a punto de ser vencido por aquel monstruo y de repente, el hijo mayor se da cuenta que un gorrión sobrevolaba el lugar. Todo estaba a punto de terminar, todo... y de repente se oye una voz femenina que parecía surgir de las profundidades de las nubes como los truenos de las tormentas, retumbando en el aire:
            -¡Atkata alhob êd khof!
            En un punto del cielo apareció una luz que cada vez se hacía más grande, ya que se iba acercando. Era una bola de fuego que cayó e impactó sobre la planta, provocando una pequeña explosión que su onda expansiva tumbó una parte de la valla más cercana e hizo temblar los cristales y algunos objetos de la casa. Al desaparecer el humo y el polvo que había provocado la colisión se pudieron ver los restos del monstruo, abrasado, y Dlareg tendido en el suelo, respirando con dificultad. El mercader y su familia parpadeaban para deshacerse de los puntos brillantes que veían por culpa de la explosión y recuperar la normalidad del sentido del oído. La mujer hizo notar al resto la presencia de otro ser que levitaba en el aire rodeado de un aura muy brillante. Este iba descendiendo lentamente hasta tocar, primero con un pie y luego con el otro, suavemente el suelo.

viernes, 10 de junio de 2011

UN ESPÍRITU DE METAL

PARTE SIETE


            Los dos hombres se quedaron solos en el comedor, con la única compañía de la chimenea encendida.
             -¿No cree en los dioses, Dlareg? - Preguntó Oksyk, imaginándose la respuesta.
             -Digamos que más de una vez me han hecho dudar.- Las respuestas siempre eran en el mismo tono seco y autoritario.
             El mercader le miró de arriba abajo y, no hacía falta decirlo, que todavía estaba un poco atemorizado al ver aquel arsenal de armas con cuerpo humano. Y no era para menos, ya que Dlareg llevaba tres dagas pequeñas ligadas a cada bota, un pesado cinturón ancho de cuero con una espada larga y delgada colgada en el lado izquierdo y una funda con proyectiles de astellab en el lado derecho, dos cinturones cruzados al cuerpo donde llevaba dos espadas cortas a la espalda y unas botellas pequeñas de diferentes colores delante y, a todo ello, añadir el astellab. La verdad es que daba la impresión de ser un guerrero temible. Dlareg sabía que su imagen no era muy amigable que digamos, pero eso no le preocupaba demasiado. Era un luchador que hacía muchos eclipses que caminaba por la Tierra de Sadrap, expulsado de su tierra y rechazado por los suyos, es por ello que entendía muy bien la preocupación que sentía aquella familia, repudiados por los de su propia raza.
             La mujer salió de la cocina con una bandeja llena de comida y, al mismo tiempo, se oyó un grito infantil.
             -¡Es mi hijo...!- Gritó, mientras la bandeja deslizaba de sus manos y aterrizaba en el suelo del comedor.
              Oksyk y Dlareg corrieron hacia el patio, en la parte trasera de la casa, donde tenían un pequeño huerto y de donde provenían los gritos. Al salir fuera vieron el niño mayor sentado en el suelo y tapándose los ojos con las manos. Corrieron hacia él y al estar cerca vieron su rostro invadido por una expresión que les indicaba la existencia de peligro. Se veía el temor que transmitían sus ojos y tenía la mirada perdida en una dirección. Mientras su padre intentaba calmarlo, Dlareg se volvió donde miraba el niño y vio una enorme serobynak que había surgido en medio de las plantas del huerto.

jueves, 2 de junio de 2011

UN ESPÍRITU DE METAL

PARTE SEIS


            -¿Por qué no invitas al señor a pasar? - Dijo la mujer con mucha amabilidad y agradecimiento en sus palabras.
             El salvador misterioso giró todo el cuerpo, sin decir nada y mirando fijamente aquella mujer con sus hijos aún cogidos de la mano y el miedo grabada a sus inocentes rostros.
             -Por favor, señor, acepta nuestra humilde hospitalidad...- Dijo el hombre, aún con la voz un poco temblorosa por todo el susto.
             El guerrero empezó a caminar hacia la puerta, dando a entender que aceptaba la invitación. Sus pasos, el movimiento de su cuerpo al caminar, desprendían mucha seguridad. Cuando pasó junto a la mujer, ésta le dijo:
            - ¿Cuál es su nombre, señor? Es para conocer un poco a nuestro salvador.
             Durante unos instantes se quedó quieto, pensativo, con las facciones serias de su rostro fuertemente arraigadas. Entonces fue cuando la mujer pudo observar lo que parecía una cicatriz en el lado derecho de la cara, entre el ojo y la nariz, que empezaba en la frente y terminaba junto a los labios.
             -Dlareg.- Contestó finalmente, de manera concisa.
            Al entrar en la casa lo invitaron a sentarse mientras la mujer fue en la despensa para preparar la mejor comida y la mejor bebida para su invitado. Él, mientras tanto, estuvo un rato observando la estancia, humilde, nada ostentosa pero sin faltarle nada. De pronto aquel hombre se presentó, dijo que su nombre era Oksyk y que trabajaba de mercader, concretamente de una clase de especia que se cultiva en el pueblo de Kynosan, al otro lado de la bahía y que él iba a comprar allí con su barca y luego la ponía a la venta en el mercado del pueblo. Habían pasado unas sesenta lunas desde que se habían instalado en aquella aldea y que se dedicaban al comercio. Poco después de su llegada es cuando aparecieron las serobynaks en los campos. Enseguida la gente culpó a ellos de la aparición de aquellos monstruos y lo atribuyeron a una maldición de los dioses por su presencia en el pueblo.
             Dlareg no entendía nada: ¿cómo puede ser que la presencia de un simple mercader provocara tal alboroto? ¿Qué relación podía tener su comercio de aquella especie que se cultivaba en otro pueblo con que aparezcan aquellos monstruos? En un principio no tenía ningún sentido, pero después Oksyk le dijo que un día apareció una persona que le daba muchos àkoks para comprarle su ruta y él no aceptó. "Puede que sí haya alguna relación..." Pensó Dlareg, al tiempo que se dio cuenta que los dos niños no apartaban sus ojos de él.
             -Señor, ¿hubiera matado aquel hombre si no le hubiera hecho caso? - Preguntó el mayor.
             Él bajó la vista para mirarle, aunque no vieran con claridad su cara por la capucha y contestó sin dudarlo:-¡Sí!
            -Mi padre siempre dice que no hay que hacer daño a la otra gente y mucho menos quitarle la vida, que eso es cosa de los dioses .- Dijo el más pequeño, mirando con curiosidad la astellab que llevaba cogida en la mano izquierdo.
             -Pero si los dioses se equivocan al dar la vida a seres despreciables, alguien lo tiene que solucionar.
            Esta fue una afirmación que dejó helados a los dos niños y a su padre, que entendió que no sería muy buena para sus hijos la influencia de aquel guerrero, es por ello que les dijo que fueran a su cuarto para que entraran en el mundo de los sueños. Los dos niños obedecieron a su padre sin protestar y cuando estaban a media escalera para subir a las habitaciones el más pequeño se detuvo, se giró para mirar a Dlareg y le dio las gracias con una gran sonrisa, para continuar el camino a su cama.

jueves, 26 de mayo de 2011

UN ESPÍRITU DE METAL

PARTE CINCO



            El guerrero misterioso giró la cabeza ligeramente hacia un lado, sin perder la perspectiva de los atacantes, como si calculara diferentes opciones... incluso de defensa.
             -Un hombre que no tiene miedo de morir por defender su familia y, al mismo tiempo, tener compasión de los que lo quieren matar, merece ser escuchado y respetado.- Con otro rápido movimiento de su brazo derecho, volvió a envainar la espada. El hombre que la tenía en el cuello tardó en reaccionar, como si no acabara de creerse que continuaba vivo. Hizo dos inspiraciones profundas y fue corriendo a protegerse entre el resto del grupo, mientras no paraba de tocarse el cuello.
            -¡Haced caso de lo que os dice, dejad tranquila a esta gente y marchaos!
             La voz, gastada pero con el peso de la sabiduría, procedía de atrás del todo del gentío. Estos se volvieron y vieron una persona de avanzada edad, con una larga barba gris que le ocultaba la boca, unos ojos de un tono pálido que parecían incoloros y muy cansados, vestido con una túnica verde decorada por los bordes con unos extraños símbolos negros y caminando pausadamente ayudado por una vara larga y pulida. Sin apartar la mirada, fija en la figura del guerrero, comenzó a pasar por el medio del grupo y estos se iban apartando para hacerle camino.
             -Ahora sí que lo aclararemos todo, “él” ya ha llegado.- Comentaban algunos en voz baja pero con un matiz general de alegría y, incluso, de alivio.
             -Al parecer, os he salvado. Este es un rival demasiado fuerte, incluso para todos vosotros juntos.- Decía, mientras el resto escuchaba respetuosamente. -Además, este misterioso guerrero tiene razón. Daremos el beneficio de la duda a esta familia y que sean los dioses quienes decidan, ¿qué te parece? - Propuso directamente al guerrero, dibujando una sonrisa con cierto sarcasmo.
             El hombre misterioso se acercó ligeramente al sacerdote y aproximó su cara a la del anciano.
            -El sepulturero podrá descansar... esta noche.
            Los ojos del sacerdote estaban ofendidos al oír aquella afirmación tan burlesca, pero se dirigió a la multitud invitándolos a regresar cada uno a su casa y así lo hicieron. Estos, sin prisas, tomaron el camino de vuelta al pueblo, con el sacerdote al final y, al cruzar la valla, hizo una última mirada a la familia.
            Cuando todo el mundo se había marchado, el hombre de la casa dejó a su mujer y a sus hijos en la entrada y se dirigió donde estaba su salvador, que continuaba observando la marcha de los atacantes hasta que desaparecieron entre la oscuridad de la noche. Al estar cerca de él, estiró el brazo derecho para poner la mano sobre el hombro y darle las gracias, pero el guerrero volvió la cabeza con un rápido movimiento del cuello al intuir que iba a tocarlo. El hombre, sorprendido por aquella reacción que parecía un poco agresiva, dejó el brazo estirado sin llegar al destino que tenía pensado de un buen principio y lo volvió a retroceder.