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Gracias por leer mis relatos cortos. Magia, aventuras, fantasía... ingredientes que forman parte de estos relatos que han surgido de mi imaginación. Aventuras épicas en un mundo fantástico habitado por diferentes razas y numerosas criaturas. Todos estos relatos están relacionados, más o menos, con un libro que estoy escribiendo.

sábado, 20 de agosto de 2011

Un Espíritu de Metal

PARTE ONCE


            Llegado al lugar que llamaba la atención del guerrero, este se agachó para observar, de más cerca, algo que, a su juicio, parecía interesar mucho. Anagram lo siguió y observó lo mismo que observaba Dlareg, pero no vio nada, solo piedras de diferentes formas y las malas hierbas que más adelante rodeaban un pequeño sendero. Dlareg pasó su mano por encima del suelo que tenía delante y ciertamente que buscaba algo que, dado su interés, parecía haber encontrado, y también era consciente de la mirada llena de incredulidad de su compañera.
            -¿Dime, hechicera, que puedes ver en este trozo de terreno, antes de que comience el sendero? - Preguntó con la arrogancia de saber la respuesta, lo que al guerrero gustaba y llenaba su orgullo.
            Ella le clavó una mirada seria, a la que siguió una respuesta: -No me gusta que me llamen hechicera, yo no pertenezco a esa clase de magos y tú eres conocedor de ello.- Sus palabras estaban llenas de enojo.
            Él se incorporó a su lado y, sin mediar palabra alguna, le regaló una sonrisa afable. Señaló con el dedo el suelo delante de él y dijo, esta vez con más suavidad:         -¿Que ven tus ojos?
            -Nada, fuera piedras de distintos tamaños.- Respondió intuyendo, y en eso las mujeres eran maestras, que era una trampa.
            -Los ojos ven lo que tú quieres que vean.- Dijo recordando las palabras de uno de los maestros que, en tiempos pasados, habían aconsejado a Dlareg y, profundizando en aquellas enseñanzas, continuó: -Tú ves tierra, porque es lo que hay, simplemente tierra. Pero en esta tierra yo veo huellas, hechas por alguien que tenía prisa y antes de que saliera el sol. Alguien de corta talla o edad, por la distancia entre ellas, que en este punto se aseguró que nadie le seguía y siguió por el sendero.
            Anagram continuó fijada, intentando ver los pasos que los ojos de Dlareg habían encontrado. En aquel instante se oyó la voz de Nedyra, esposa de Oksyk y madre de sus hijos, alzando la voz para llamar la atención de todos; salió corriendo al patio donde estaban la archimaga y el guerrero y luego apareció el mercader, dejando la preparación de un nuevo día de comercio al oír tal alboroto.
            -¡Rhamlyn no está!- La agitación era la propia de una madre que ha perdido algo muy querido. -No ha dormido en su cama y su hermano no tiene noticias desde la pasada noche. ¿Dónde está mi pequeño? -Su respiración se volvió más dificultosa. -¿Alguien me puede decir dónde está? - En ese momento de angustia, Oksyk abrazó a su mujer e intentó que recuperara la tranquilidad perdida a salvo de sus brazos, al tiempo que se miró a Anagram y Dlareg buscando ayuda.
            -Dónde está, no lo sé.- Respondió el guerrero con serenidad, a pesar de ser consciente del malestar de unos padres que no saben dónde se encuentra su hijo. -Pero responde-me, si te es grato, ¿dónde lleva este sendero?
            -Este sendero lleva a una “playita”, o así la llamamos nosotros.- Contestó el mercader, sin saber con claridad que buscaba el guerrero al hacer esa pregunta. -Es donde tengo anclada mi barca, para ir al puerto de Kynosan, y adquirir las especies con las que hago el comercio. Está en una hondonada, justo delante de un margen de roca, todo él cubierto de plantas trepadoras. Allí lleva y allí termina.
            -Pues un consejo te doy: quedaos en casa y no salgáis.- Dijo Dlareg con autoridad y sabiduría en sus palabras. -Oksyk, deja el comercio para otro día y vela tu mujer y tu hijo, porque un hombre que pierde la familia a la que ama siente el dolor de quien le arrancan el corazón en vida, y vela la casa también, por que sin un techo para cobijarse y unas paredes para protegerse es como un bosque sin árboles que protegen el suelo de las inclemencias del tiempo.
            -Nosotros buscaremos al pequeño Rhamlyn y podéis estar seguros de que lo encontraremos.- Añadió Anagram, apoyando al guerrero. -Haz caso de lo que le dice, ya que sus consejos llenos son de cautela, pero llenos de certeza lo son también.
            Y tan ciertas que eran. Dlareg las conocía muy bien aquellas palabras y las había vivido en su propia carne. Sus recuerdos debían volver a su pueblo ese día, un día oscurecido por el dolor y la angustia, el día que los jefes de las trece familias Astags, las más antiguas en el tiempo de existencia y las más sabias, que gobernaban e impartían las leyes de su raza, determinaron desterrarlo a él y restringir su nombre, prohibiendo su pronuncia dentro del reino. Separado de toda la gente que conocía y amaba, se vio obligado a dejar la vida transcurrida atrás, a llevarse el dolor del rechazo por parte de los de su sangre y el desprecio de no ser recordado, ni nombrado. Sin familia a quien amar, carente de tierra por la que luchar, falto de un hogar donde cobijarse...
            Oksyk asintió con la cabeza. El coraje de los dos guerreros, a pesar de ser dos misteriosos de dos razas con las que no había tenido ningún contacto antes, lo animaba, y trató de contagiar ese confort a su mujer que aún estaba entre sus brazos y acompañó al interior del hogar para esperar las noticias que les llegaran.
            -No comprendo cómo puede haber pasado alguien por este lugar y no darme cuenta de tal cosa.- Se preguntó Anagram, contrariada, sin saber que responderse a sí misma. -Yo estaba aquí, haciendo la guardia, concentrada en la protección de todos...
            -Y en contacto místico con las Dadrays.- Respondió rápidamente Dlareg, al darse cuenta de la preocupación de su amiga. -Tus poderes mágicos se debilitan cuando tu espectro sale del cuerpo. También debemos pensar que algún conjuro de ocultación puede haber ayudado a quien ha huido por este sendero. Sigámoslo, porque tengo la certeza de que encontraremos respuestas.
            Y así fue que los dos guerreros, al ver la familia bajo la protección del hogar, se pusieron en camino: uno, Dlareg, siguiendo el sendero a pie y observando minuciosamente todo lo que le rodeaba y el otro, Anagram, despegando y levitando por encima de la arboleda que lo rodea. Al ser desierto el patio, un gorrión se puso en la ventana de la cocina, piando poco y picoteando, de vez en cuando, el cristal como si quisiera llamar la atención de los que estaban dentro, más pendientes ellos de consolarse que de oír ruidos.
            Llegaron a un punto donde había un desnivel: el camino descendía, continuando por la hondonada, rodeado de matorrales más o menos altos y los árboles seguían por encima del margen. No demasiado lejos de donde estaban podían mirar lo que parecía una no muy grande extensión de arena y pequeños guijarros en la orilla del mar, con una barca de pequeñas dimensiones (podían navegar dos, máximo tres personas con lugar para llevar mercancías) que reposaba, en parte, sobre la arena. Ellos dieron por supuesto que era la “playita” de la que Oksyk había hablado, y ciertamente el sendero llevaba allí, bordeando aquel margen de piedra cubierto de plantas trepadoras, y allí terminaba, como se les había dicho.

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