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Gracias por leer mis relatos cortos. Magia, aventuras, fantasía... ingredientes que forman parte de estos relatos que han surgido de mi imaginación. Aventuras épicas en un mundo fantástico habitado por diferentes razas y numerosas criaturas. Todos estos relatos están relacionados, más o menos, con un libro que estoy escribiendo.

miércoles, 3 de agosto de 2011

UN ESPÍRITU DE METAL

PARTE DIEZ


            La falta de nubes en el cielo hacía intuir que aquel sería un día claro y probablemente caluroso, como pocos días lo son en esa región de la Bahía de Teukam muy castigada por las corrientes de aire frío que provienen del norte. Dlareg dejaba que la brisa de la mañana, aun fresca y húmeda, acariciara su rostro ante la ventana de la cocina. Con los ojos cerrados había de recordar aquellos tiempos, teniendo pocas lunas, que le gustaba observar cómo el sol se alzaba por el horizonte e iba iluminando lentamente la Rada de Neryol. Los rayos de luz se iban alzando por los árboles hasta llegar a las copas y entrar por la ventana de su casa haciendo un bonito juego de colores y sombras con las hojas. Era en ese instante cuando sentía que se abría la puerta de su habitación y entraba su madre para disfrutar juntos El Despertar. Era en ese instante cuando una lágrima se deslizaba por la mejilla curtida por el paso de los eclipses. Era en ese instante cuando añoraba...
            Dlareg abrió los ojos, acompañado de un gesto rápido de la mano para hacer desaparecer esa lágrima acusadora. A sus oídos llegaban los ruidos del piso de arriba. La familia se despertaba. Oksyk entró en la cocina sorprendiendo al guerrero con la mirada perdida más allá del bosque y con una jarra en la mano, la cual desprendía un perfume agradable de hierbas calentadas, a pesar de no haber ningún fuego encendido.
             -Salud para este nuevo día.- Dijo el mercader poniéndose a su lado y verificando que parecía recuperado del todo.
            Un pequeño gesto con el brazo que tenía la jarra fue la respuesta que recibió. Oksyk se concentró en el patio, donde poco tiempo antes no estaba tan calmado. Quedaban los restos del combate y también, sentada en el suelo con las piernas cruzadas, Anagram con su vara flotando en el aire.
            -Curiosa manera de vigilar la de tu amiga.- Comentó, con un cierto desprecio en sus palabras y dirigiendo la mirada a Dlareg, esperando alguna reacción que no tuvo. -Descansando con los ojos cerrados, no sé si nos puede servir de gran ayuda.
                Sin ganas de responder con palabras lo que acababa de decir el mercader, el guerrero flexionó la pierna derecha, levantando el pie del suelo, para poder coger una de las dagas que llevaba atadas a las botas. Con un gesto rápido cargado de precisión la lanzó contra la hechicera, que no había movido ni un pelo en todo ese tiempo. Se oyó un silbido, casi imperceptible, de la daga cortando el aire en su camino a la cabeza de Anagram. Una expresión de incredulidad se apoderó de Oksyk al ver que la hechicera detenía el arma con un sencillo gesto de su mano derecha, puesta ante la trayectoria fatal. Sin tocarla la daga estaba inmóvil, flotando en el aire, apuntando con su hoja afilada la mano abierta que impedía que llegara al destino que su lanzador había decidido. Al cerrar la mano, la daga giró rápidamente para volver al lugar de origen, siendo cogida al vuelo por la mano experta de Dlareg y devuelta al tobillo de donde había salido.
            -Salud para este nuevo día.- Dijo la mujer de Oksyk cuando entraba en la cocina, con una gran sonrisa, dispuesta a comenzar las tareas típicas de todas las mujeres de aquellas tierras.
            Los dos se volvieron, sin embargo, mientras Dlareg se encaminaba a la puerta que comunicaba con el patio, el mercader se quedó inmóvil mirando fijamente a su mujer.
            -No preguntes nada, mujer, es muy... difícil... extraño... no importa.- Dijo mientras salía de la cocina, intuyendo que su mujer preguntaría por aquella expresión de asombro en la cara.
                Dlareg caminaba pausadamente hacia Anagram, hija de padre Druida y de madre experta en conjuros, que continuaba en la misma posición sin inmutarse. Sus ojos observaban el entorno para intentar descubrir algo que le ayudara a saber quién había tras el ataque de la noche pasada. Muchas dudas invadían la mente confundida del guerrero y éste no sacaba nada en claro. Se detuvo junto a la hechicera, sentada quieta en medio del patio.
            -¿Que te han explicado las Dadrays? - Preguntó sin dejar de observar a su alrededor. -¿Se han dignado a darte alguna explicación?
            -A pesar de ser muy reservadas, tengo muy buenas conversaciones con ellas.- Contestó Anagram sin cambiar su posición. -No te puedo ocultar nada, ¿verdad Dlareg?
             -A veces la gente olvida con demasiada facilidad que soy de raza Astag y que tengo los sentidos más desarrollados que el resto.- El tono de la respuesta tenía en cierto regusto de ofensa y arrogancia a la vez. -Además los de mi raza tenemos un vínculo muy fuerte con la naturaleza y he notado su contacto contigo.
            La hechicera, mal llamada así entre los mortales por resultar más fácil de recordar, se puso de pie, mientras su vara seguía levitando sola. Sus ojos, de color celeste el derecho y esmeralda el izquierdo, se adentraron en los de Dlareg como si buscaran la respuesta a un enigma. Al guerrero le ponía un poco intranquilo esa mirada.
             -He hablado con la reina de las Dadrays de estas arboledas y sus explicaciones son, cuando menos, curiosas.- Se volvió para observar los restos de la serobynak. -Estas plantas viven en esta arboleda cercana, muy húmeda e ideal para ellas, pero no comprenden como lo pueden haber abandonado y osar adentrarse en el pueblo de los Humanos.
            Dlareg hizo una respiración muy profunda, demasiado profunda. No daban mucha luz a sus dudas, rodeados de oscuros interrogantes, aquellas explicaciones. Entonces se dirigió a Anagram, esperando que la conversación con las hadas del bosque hubiera aportado algo más. En estas circunstancias Dlareg no soportaba la espera, quería saber todo lo que hay que saber, en el momento que hay que saber y no que sea el otro el que sepa mientras él está inmerso en el más absoluto de los desconocimientos. El control lo es todo para él, incluso de la información.
            -¿Y eso es todo lo que pueden decir? Siempre he pensado que las Dadrays sólo saben utilizar su cuerpo para encantar pobres desgraciados que se pierden en sus bosques y hacerlos desaparecer.- Sus palabras estaban llenas de cierta burla.
                -Tu desconfianza hacia las otras razas y seres me complace, teniendo en cuenta nuestra “amistad”.- Una sonrisa burlesca se escapó en el rostro de la hechicera. -Ellas sólo lo pueden entender si hay magia, magia oscura.
            Dlareg hizo una mueca de aversión. Magia oscura. Y tras esta magia había un brujo o peor, un arcano, que la conjura. No le gustaba nada la magia. Las pociones sí, pero los conjuros no. Menos aún en los combates, donde él disfrutaba de la lucha cuerpo a cuerpo. En el caso de Anagram era diferente, aunque él tampoco lo sabría explicar con mucha precisión. Su relación venía de muchos eclipses pasados ​​y sentía un cierto respeto hacia ella, aunque nunca la haría sabedora de esto ya que sería perder el estatus de guerrero frío, letal y solitario que flotaba sobre su nombre: Dlareg, el Astag que surge i se desvanece como un espíritu, el guerrero que no le enturbia ningún sentimiento ni emoción, como si su corazón fuera de metal.
            -Sí, amigo mío, tengo el mal presagio que nos enfrentamos a fuerzas muy poderosas. No sé en qué líos se ha metido este mercader, pero una cosa es segura: si hay magia oscura por medio, tendremos problemas.- Afirmó Anagram con cierto rechazo. No gozaban de mucho aprecio los que seguían los caminos de la magia oscura, enemigos de los que defendían la vida y todo en relación a ella.
            -Si hay un brujo, lo más seguro es que también haya algún ser sin poderes mágicos. Podría ser el que le ha hecho venir para utilizar su magia o el que le ayuda a cambio de algo de provecho.- concluyó el guerrero mientras se dirigía al otro lado de la valla, con la vista puesta en el suelo.

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